Panda La Pom, mi mascota, sufrió una fractura de ulna y radio izquierdos. Como terapia después de la intervención quirúrgica, su veterinario ortopedista recomendó caminatas ocasionales; así que, unos meses más tarde, decidí sacarla al menos una vez por semana al parque más cercano. Ayer llovió a cántaros, por lo que nos fue imposible cumplir con el propósito.
Hoy, con mucha energía, caminamos unas dos cuadras antes de llegar al parque; luego, dimos unas tres vueltas sin complicaciones. ¡Panda La Pom estaba super feliz!
Se me ocurrió entonces comprar mi cena en un restaurante llamado "Los Frappes", que queda justo en frente del parque. Consta de dos pisos, pero la planta baja actualmente está inhabilitada, por lo que tuve que subir para ordenar mis alimentos. Para matar el tiempo mientras se terminaban de cocinar, saqué mi celular (el cual tiene menos de 1 mes que compré). De repente, aparece gente que conozco y comienzo a platicar efusivamente. Por fin, mi orden está lista. Bajo las escaleras y me dirijo hacia mi departamento. En un lapso de 10 minutos aproximadamente termino de cenar y comienzo a buscar mi celular... ¡no lo encuentro!
Por mi mente, pasa todo tipo de pensamientos; aunque al más acertado es al que le hago caso: ¡regresa sobre tus pasos de una buena vez! En muchas ocasiones he escuchado o leído que uno no debe ir para atrás ni para tomar impulso; sin embargo, este no es el caso. ¡Hay que echar marcha atrás!
Despavoridamente, camino uno a uno en sentido inverso mis pasos, anhelando encontrar ese bendito aparato. Las dos cuadras, sin éxito. Mi corazón late intensamente. Llego al parque y encuentro mucha más gente de la que había al quitarme. Inmediatamente pienso lo peor: ¡alguien ya lo encontró y no lo va a devolver! Hago un recorrido rápido. Sigo sin encontrarlo.
El último lugar al que fui es el restaurante. Con la esperanza al 1%, subo las escaleras y la persona que encuentro al final de ellas es el mesero que me atendió. Sobrando las palabras, únicamente fueron necesarias dos miradas: la mía desesperada y la de él de total tranquilidad. Con un ágil movimiento, de su delantal saca mi valiosa pertenencia. Nuevamente, me quedé sin palabras, palabras para agradecer ese comportamiento insólito. Únicamente sé que jamás olvidaré a aquel mesero que me devolvió mi celular... y el alma a mi cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario